Ruta de la seda. Los aires nómadas que soplaron en Uzbekistán

Uzbekistán, tarakistán, papakistán, lelekistán… Para muchos, los kistanes son una geografía difusa y de ubicación aproximada, países que cambian de nombre, de climas ásperos y paisajes inhóspitos entre Asia y Europa, pero la mezcla de una ruta de la seda y un ubzekistán dibuja en breve en las mentes lugares exóticos, desiertos, oasis, llanuras y estepas por las que circulaban caravanas de mercaderes, filósofos, soldados y personajes de época, aventuras, guerras y epidemias, colores, sedas, lanas y alfombras, oro, plata, cobre y piedras preciosas, artículos de vidrio, orfebrería, intercambio de camellos y caballos, civilizaciones y religiones … ¡Vidas nómadas!

La ruta de la seda conectó por tierra más de 9.000 quilómetros, desde la ciudad china de Xian (antigua Changan) hasta Roma, cruzando China, Turkmenistán, Uzbekistán, Irán, Irak y Turquía. No existía un único camino sino varias rutas que a su paso hicieron florecer ciudades como Bukhara, Samarkanda y Khiva, urbes míticas que con el paso del tiempo han acumulado versos y elogios y una larga lista de adjetivos y lugares comunes … ¿Algunos para Samarkanda? Una búsqueda rápida en Google nos lleva a jardín del alma, espejo del mundo, piedra preciosa del Islam, centro del universo, perla de Oriente…

Los itinerarios de la seda dibujaban a su paso caravasares (también llamados caravansarays), refugios donde se albergaban las caravanas de comerciantes, peregrinos y militares durante el viaje. Fueron construcciones clave en el desarrollo de las rutas de comercio a través de Asia, el norte de África y la Europa suroriental y su diseño respondía a lo que se esperaba de éstos, dar reposo y alimentos a viajeros y animales, con una estructura rectangular, un amplio portal que daba la bienvenida y un patio interior abierto alrededor del cual se articulaban establos y cámaras para los mercaderes, sirvientes, mercancías, animales… He ahí escenarios de la pausa, descansos para emprender la ruta al día siguiente.

La actual Uzbekistán acoge algunos de los paisajes y urbes más fantásticas del Asia Central y la que fuera ruta de la seda. Bazares, madrazas, mezquitas y minaretes entre inmensas cúpulas turquesas y mosaicos de azulejos y ecuaciones imposibles, muros, arcos, torres y patios. En Samarkanda, la gran plaza del centro se llama Registán, que significa “lugar de arena”, quizá porque sólo allí puede flotar tanta imponente arquitectura, que irrumpe en el que fuera centro medieval de la ciudad con tres majestuosas madrazas, la de Ulugh Beg, la de Sher-Dor y la de Tilla-Kari, la primera con mosaicos de tramas astronómicas y la segunda con dos esculturas de leones que rugen y desafían al Islam, que prohíbe la representación de seres vivos.

Un poco más allá está la cúpula de Gur e-Emir, bajo la que descansa desde el año 1405 el gran emperador Tamerlán, en cuyo mandato no paró de construir edificios islámicos, mezquitas, palacios y bazares. Parece que la gran lápida que indica donde fue enterrado el emperador olvida que lo cierto es que está en una cripta unos cuantos metros bajo tierra, donde puede leerse: “Aquel que ose molestar mi sueño se enfrentará a un enemigo más poderoso que yo”.

La leyenda cuenta que en el año 1941 un científico soviético, un tal Gerasimov, exhumó el cuerpo de Tamerlán y que en cuestión de horas –por aquello de haber osado molestar el sueño del emperador–  la Alemania nazi iniciaba la invasión de la Unión Soviética. Operación Barbarroja en pleno siglo XX conectada telepáticamente con las conjuras del Tamerlán del siglo XV… Leyenda. Presagios al margen, ciudades como Samarkanda o Bukhara han retenido la belleza tras siglos de viaje constante, rutas ásperas allí donde se secan mares, donde el mar de Aral, entre Kazajistán y Uzbekistán, se vuelve cartón,  donde los cursos de los ríos Amu Daria y Syr Daria, que nacen en las cordilleras del Pamir y del Tian Shan, han de ir a morir en un agujero del Asia Central, el Mar de Aral, que en las últimas décadas ha visto reducida su superficie en un 60% y su volumen en casi un 80%. Sin embargo, allí donde soplaron aires nómadas, donde toda iba y venía al son de la llamada más tarde ruta de la seda, parece que algo persistió.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *