Isla de Gorée, Senegal

A la isla de Gorée se llega en ferry y cuentan quienes la visitan que lo apacible del lugar, el ruido de los turistas, las olas, las risas, los chapuzones y las playas hacen más inimaginable si cabe que este rincón de sosiego frente a la costa de Dakar fuera un enclave estratégico para la trata de esclavos, un trozo de tierra por el que pasaron portugueses, holandeses, franceses, británicos… y en el que reyes, políticos, particulares, compañías de Indias y otros tantos levantaron, desde el siglo XVI hasta el XVIII, un negocio convertido en empresa rentable en la que intervenían licencias, registros, actividades como el avituallamiento de barcos, agentes para la captura y venta de personas y médicos que garantizaran la salud de la mal y cínicamente llamada mercancía.

La isla escupió hacia el nuevo continente millones de personas que aguardaron a ser vendidos mientras caminaban arrastrando cadenas y una pesada bola de hierro que debían llevar con ellos. Uno de los edificios más emblemáticos de Gorée es la llamada Casa de los Esclavos –Maison des Esclaves– cuyo edificio fue declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO. Hoy es un museo y el recuerdo permanente del destino que padecieron millones de africanos. Construida por los holandeses en 1776, era la antesala a un mercadeo de carne humana y a una travesía de semanas rumbo al continente americano. Hombres, mujeres y niños esperaban en celdas separadas, sabedores de los requisitos mínimos deseables solicitados por los mercaderes, quienes valoraban la valía de los esclavos por su peso, musculatura y en el caso de los niños, dentadura. Cuentan que estos últimos eran separados de sus madres para evitar que éstas oyeran su llanto y un exceso de aflicción les empeorara la salud. Mientras en la planta superior los comerciantes vivían en el lujo, abajo, en las celdas, grilletes y cadenas ponían la sintonía a una espera inhumana, una venta en la que había productos más cotizados que otros, como eran los llamados “piezas de India”, negros robustos de unos quince a veinte años y sin defectos físicos.

Hoy, en Gorée, siguen en pie casas coloniales y mansiones de tonos pasteles, callejuelas repletas de buganvillas, un fuerte militar, un castillo en lo alto de una colina y cayucos amarrados en las playas. Cuentan que en la visita a la Casa de los Esclavos pueden leerse en los muros de las celdas inscripciones salidas de lo removido entre los visitantes. Una de éstas dice: Oh Gorée, ¿cuántas naves lanzaron el ancla sobre tu corazón?

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